El candidato y el tobogán
Hasta las elecciones internas de junio, el ex presidente Luis Alberto Lacalle había hecho un trabajo político impecable y así le arrebató a Jorge Larrañaga la candidatura única del Partido Nacional.
Luego, cuando consiguió ese objetivo, todos los errores en que no había incurrido en aquella interna, los cometió en la instancia que más importaba.
Fue tan así que cuando su candidatura -y el Partido Nacional, arrastrado por su magra performance- comenzó a derrumbarse en las encuestas, hubo quienes, de buena fe y con preocupación por lo que había en juego, sospecharon con muy buenas razones que, en realidad, Lacalle no quería ganar.
Hasta el 28 de junio, Lacalle había trabajado disciplinada e inteligentemente con un grupo serio de profesionales que lo asesoró todas las semanas hasta llevarlo al triunfo. Luego, inexplicablemente, abandonó ese privilegiado ámbito que le había resultado tan útil y, según altas fuentes blancas, pasó a ser aconsejado por una agencia de publicidad recomendada por su esposa, la ex senadora Julia Pou, que ingresó de lleno en la campaña.
Está a la vista que ese nuevo grupo de asesores hizo una tarea desastrosa. Y el candidato que parecía tan seguro metió la pata una y otra vez, sin que nadie lo parara en seco para advertirle que no estaba en juego solamente su honor, su historia familiar y su apellido, sino algo mucho más trascendente.
Lacalle no conmovió a nadie después de junio. Fue un candidato aletargado, sin sangre, sin garra, sin fuerza y, por momentos, hasta sin la prestancia que su pasado como presidente debió haberle asegurado. Se salió de las casillas cada vez que le preguntaron sobre casos de corrupción -supuestos o reales- de su gobierno (1990-1995) y actuó sin la “cancha” que todos suponían le sobraba.
Muchos políticos, legisladores y antiguos asesores muy allegados a él trataron reiteradamente de que cambiara la estrategia para que no se convirtiera en el mariscal de una gran derrota. Pero, soberbio, desechó sus consejos y siguió caminando hacia el precipicio con una actitud altanera.
No pudo con su familia. Su hijo, el diputado Luis Lacalle Pou, le arrancó a fórceps un lugar preferencial en la lista herrerista al Senado, desplazando a otros dirigentes con muchos más méritos que él para ocupar ese puesto.
Una insólita guerra familiar fue presenciada por más de un senador blanco, en la que el padre intentaba convencer al hijo dé que no quedaba bien una lista encabezada por Lacalle con otro Lacalle en el séptimo lugar; pero la esposa de Lacalle discrepaba con su marido y apoyaba las pretensiones de su hijo.
Lacalle padre llegó a mandarle una carta a su hijo para que abandonara su desatinada idea, pero ni siquiera eso lo persuadió.
En cosas como esa perdía su precioso tiempo el candidato, mientras Mujica le iba comiendo el interior con esa verba que -guste o no- es entradora. Lacalle se ocupaba, en cambio, de exhibir su condición de “patricio” -que sin duda la tiene- en lugar de pelearle palmo a palmo el terreno al candidato “linyera”.
Siempre desplegó un aire de superioridad y evidentemente creyó que con eso le alcanzaría para vencer al representante del llamado “pobrismo”. Hablaba como si ya hubiera ganado, sobre todo en privado, y les decía a los periodistas que estaban “en penitencia” cuando difundían informaciones que le disgustaban.
Lacalle nunca transmitió a más de la mitad de los uruguayos que no querían a Mujica como presidente, que él era su líder. Desde julio, jamás dejó la sensación de que había comprendido que el azar (o la providencia, como él dice) había puesto en sus manos la misión de defender valores básicos que ese conjunto de ciudadanos sentía amenazados en el horizonte.
Nunca consiguió transmitir a aquellos a quienes tenía la obligación política y moral de representar que “su” candidato había aceptado esta tarea como algo que trascendía a una mera elección.
Los dejó huérfanos de liderazgo.
Y cada vez que alguna actitud combativa pudo asomar en declaraciones de gente suya, los desautorizó, los mandó a callar o pidió disculpas por lo que habían dicho. Así le pasó a su ex ministro Ignacio de Posadas y así le pasó a su ex vicepresidente Gonzalo Aguirre.
El mensaje permanente que dio Lacalle fue que no quería pelear con sus adversarios políticos bajo ningún concepto. Mientras éstos le decían de todo y el gobierno malgastaba millones de dólares de todos los uruguayos en publicidad al servicio de la fórmula Mujica-Astori, Lacalle parecía la Madre Teresa: siempre les anunciaba a los que soñaba serían sus futuros opositores que los esperaba “con la mano tendida”, cuando no sólo no había ganado nada sino que se deslizaba rápidamente en el tobogán de las encuestas.
Ahora están los resultados. El comportamiento electoral del Partido Nacional fue mucho peor con Lacalle esta vez que con Larrañaga en el 2004 (cuando éste peleó en condiciones mucho más adversas contra un rival como Tabaré Vázquez) y Mujica ya consiguió la mayoría parlamentaria. Ni siquiera la notable remontada del Partido Colorado-fue suficiente para subsanar la pésima votación de los blancos.
Ahora, el Uruguay se encamina a tener como presidente a Mujica. Él y su “barra” se dieron el gusto, y bien merecido lo tienen.
Lacalle será senador (su hijo no, a pesar de tanta batalla familiar) y más del 50% del país que lo hubiera precisado como su representante no tiene nada para agradecerle.
Si acaba siendo ungido como nuevo presidente el 29 de noviembre, quizá Mujica pueda repetir la palabra emblemática de su último discurso preelectoral: “¡Bancatelá!”.
Autor: Claudio Paolillo – Publicado en el Semanario Búsqueda, Sección = Política, fecha = 29/10/2009










