Cambia, todo cambia

Vamos a ahorrarnos tiempo y caracteres. Supongamos ya conocidos los síntomas y las características ciertas de la mega-crisis financiera (¿efecto hamburguesa?) desatada en/desde los Estados Unidos.

Pasemos a ver más de cerca la solución de la administración Bush: una inyección de fondos federales por un monto de U$S 700 mil millones, lo cual resulta la mayor intervención estatal desde el New Deal de 1933. Amén de ello, que implica la estatización de ciertos bancos, se supone también habrá un control estricto sobre este reparto, así como una rebaja de impuestos a las pymes y a la clase media, una elevación de la garantía estatal de los depósitos de los U$S 100 mil a 250 mil, recortes de sueldos a ejecutivos de bancos asistidos y podríamos seguir. O sea, Bush parece casi más keynesiano que el propio Keynes.

De alguna manera, todo lo que ni el FMI ni el Banco Mundial recomendaron desde hace por lo menos treinta años, es lo que debe aplicarse cuando el sistema económico neoliberal – basado en la absoluta desregulación estatal, las privatizaciones, la flexibilización laboral, en la burbuja de la especulación financiera que hace que el petróleo pueda a estar a U$S 143 o U$S 87 en menos de dos meses – se viene a pique y ni siquiera los economistas más duros saben muy bien dónde está el fondo. Pues bien, este es el momento en el cual el Estado debe hacer notar con claridad y fuerza su presencia , lo que paradojalmente revisaría implícitamente los principios del neoliberalismo.

Ahora bien, el neoliberalismo no es un compartimento estanco. Aunque a veces es concebido solamente como un conjunto de políticas económicas, parece ser claro que trasciende ampliamente este ámbito, constituyendo un proyecto de cambio global de la sociedad. Hay una lógica cultural que acompaña este proyecto y que algunos autores llaman Posmodernidad (Lyotard, Vattimo), Segunda Modernidad (Beck), Posmodernia (como gustaba llamar a esta época mi admirado Darno) o Modernidad Líquida, en un formidable acierto de nomenclatura por parte de Zygmunt Bauman. ¿Será tiempo tal vez de revisar implícita o explícitamente esta modernidad tardía?

Todo lo sólido se desvanece en el aire

En esta fase de la modernidad, parece que todo lo sólido se ha desvanecido: los proyectos, las relaciones, los grandes discursos, los deseos.

Invadidos por la inmediatez y la velocidad, cuanto más livianos estemos, más listos estaremos para avanzar hacia una meta que de tan efímera es la zanahoria atada a la nariz del burro.

No es un modelo diseñado para satisfacer necesidades, ya que ambos vocablos se encuentran en proceso de extinción: las necesidades definidas se han transformado en deseos, más volátiles, efímeros y en muchos casos hasta caprichosos, motivos autogenerados que no tienen casi necesidad de justificación.

Por otra parte, la invasión de estímulos que recibimos por parte de la publicidad prometen un atractivo que no podemos confirmar sino hasta someterlos a prueba: extrañamente alguno funciona de la manera esperada. Por ello mismo, también la dificultad de alcanzar el otro vocablo: la satisfacción es ínfima, ya que las posibilidades ofrecidas son infinitas, lo que hace imposible la capacidad de que agotemos los objetos de seducción.

Una de las formas de mostrar que los indicadores económicos mejoran en una sociedad está representada por el aumento del consumo. Es una forma correcta, ya que esto implica la existencia en la población de una mayor cantidad de recursos con los cuales ese consumo logró elevarse, y también significa un monto mayor de ingresos en las arcas del estado. ¿Pero qué significa en este momento ese consumo?

Es una carrera perdida de antemano, ya que la línea de meta se desplaza mucho más rápido que los que corremos en ella. En el mundo del consumo, la carrera es salir de compras y “si ir de compras significa examinar el conjunto de posibilidades, tocar, palpar, sopesar los productos en exhibición con el contenido de la billetera o el límite de la tarjeta de crédito (…), entonces compramos tanto fuera de los comercios como dentro de ellos; compramos en la calle y en casa, en el trabajo y en el ocio, despiertos y en sueños” . Lo que indica aquí Bauman es que nuestra vida como consumidores va bastante más allá del mero acto de compra-venta, y se trata más que nada de una política de vida.

Confieso que carezco de cualquier estudio estadístico que respalde el siguiente razonamiento, así que debe tomarse como una deducción que puede ser hipótesis de trabajo. En el intento de contestar qué es lo que lleva a que tantas personas no hagan efectivo el pago de sus hipotecas, seguramente presenciaremos la pérdida de trabajo, el desbalance en el presupuesto familiar o cosas por el estilo.

También podríamos preguntarnos si la solidez de una casa, en tiempos de una modernidad líquida, es algo urgente para el individuo. Tal vez resulte extremo el planteo, y habría que tomar en cuenta preferencias adaptativas y otros etcéteras, pero bien sabemos que prácticamente no hay vivienda – en su concepto más amplio – que no tenga televisión y también que se suele estar más preocupado por conseguir el V3 o el IPhone que por pagar la factura de la luz. El Economista barcelonés Santiago Niño Becerra afirma que una de las opciones para salir menos afectados de la crisis es, antes de comprar nada, preguntarnos si realmente lo necesitamos . ¿Estamos preparados para hacerlo?

¿Ha perdido mucho?

Nadie lo sabe. Yo creo que lo afecta bastante, pero es uno de los jóvenes más inteligentes de Wall Street. De todas maneras, nadie dice la verdad.

Un último párrafo para la confianza. La especulación financiera parece basarse más en la psicología que en cualquier otra cosa: lo que mueve los capitales es la confianza. Es ésta entonces la que determina el éxito o el desmoronamiento de un país, o de un continente completo. Así es que los países – o Europa entera, por ejemplo – intentan mostrar desesperados gestos de confianza, garantizando los depósitos para que no vuelen.

Pero desesperación y confianza no van de lo mano y, por tanto, cuando la burbuja se rompe, es muy difícil volverla a coser. Lo extraño además, es que en las relaciones líquidas, la confianza siempre está en rojo, disminuida por el temor, la inseguridad y el adelantarnos al desengaño. Podríamos preguntarnos, si es que no somos capaces de confiar en la tangibilidad de los que en algún momento dijimos querer, ¿por qué confiar en lo intangible del mercado?

Es posible que se diga que estos tiempos urgentes no dan para una introspección – en una cultura individualista, se hace necesario el análisis individual – que de lugar al cambio personal. Es más, es probable que se cuestione el para qué cambiar, si todo seguirá como está. Más allá de que la naturalización de ese tipo de pensamiento es evidente, no puedo más que afiliarme a la tesis de Agarrate Catalina: si vos no cambias un poco, no va cambiar nada.

Autor: por Marcelo Fernández Pavlovich – Licenciado y Profesor de Filosofía. Uruguay

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